Gabriela Merlinsky: «Toda Ecología es Política»

Por un lado, el protagonismo de jóvenes y los ambientalismos sociales como «laboratorios de ideas». Por el otro, desigualdad y «disonancia cognitiva» como conceptos claves. Un diálogo a fondo con la autora del libro cuyo titulo introduce también esta nota.

Gabriela Merlinsky estuvo 48 horas en Santa Fe, el 7 y 8 de octubre, para presentar su libro «Toda ecología es política», editado en julio, debatido de forma virtual en razón de la pandemia y, ahora si, en agenda para habilitar intercambios presenciales en lo que resta de 2021. En dos días dialogó, recorrió e intercambió opiniones sobre un tema que es su materia de estudio desde hace más de dos décadas. Y, por si fuera poco, sumó una experiencia local al extenso repertorio de argumentos nacionales y regionales que sustentan su investigación y el sentido del título: la movilización que ese jueves realizó la Multisectorial Paren de Fumigarnos frente a la Legislatura para reclamar por una nueva ley de Agrotóxicos.

 

PERFIL
Gabriela Merlinky es socióloga, investigadora principal del Conicet y Profesora Titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

 

– La ecología parece no tener demasiada presencia en las plataformas políticas de los candidatos.

– Es verdad, pero cuando digo que «toda ecología es política» voy más allá de las agendas electorales de los partidos o de los sistemas políticos. Mi idea de que toda ecología es política es que justamente la cuestión ambiental tiene que ver con procesos de apropiación y significación acerca de la naturaleza que están profundamente atravesados por lo humano y son procesos de distribución desiguales de esos recursos. Pero además la apuesta es por repolitizar la discusión en términos de pensar que necesitamos una ecología política porque existen y predominan muchas ecologias que son apolíticas.

 

– ¿Cómo es eso?

– Por ejemplo, el negacionismo del cambio climático, esta idea de que hay que desarrollarnos a cualquier precio o que el crecimiento económico va por delante del ambiente.

– En esa línea, podríamos plantear cuánto tiempo precisa un recurso natural para su desarrollo, como un monte o un bosque, y cuánto (mucho menos) desaparecer ese recurso en pos del desarrollo económico.

 

– Claro. De hecho hablás de los bosques que tienen una existencia previa a la humana, y además juegan funciones centrales para nuestra supervivencia. Porque la humana es una de las pocas especies profundamente ecodependiente: no podemos desarrollarnos sin materiales y energía y no somos capaces de crearlos sino que provienen de la naturaleza. Ni qué hablar de la energía que se acumula por años a través del carbono, del petróleo. Entonces, cada vez que destruimos esa energía producimos un mecanismo de entropía brutal en el ambiente. Eso es lo que se ha acelerado en los últimos cien años y por eso es tan difícil desconocer el problema.

 

– ¿Cuál es el objetivo de tu trabajo? ¿Concientizar, proponer alternativas?

– Soy investigadora principal del Conicet, llevo casi 20 años estudiando temas que tienen que ver con el agua, los conflictos y políticas ambientales, y los ambientalismos populares. Durante muchos años seguí, y sigo aún hoy, un proyecto colectivo que se llama Cartografías del conflicto ambiental en Argentina, donde estudiamos casos como el de la minería, agua, humedales, bosques. Y, en paralelo, fui trabajando en el libro que es un proyecto de largo aliento porque se emparenta más con la literatura, el ensayo y un lenguaje más abarcador. La aspiración es llegar a más públicos, que el debate no quede en circuitos herméticos de las academias sino que interpele a los decisores, a quienes hacen políticas públicas, a la prensa y a quienes se movilizan.

 

– Volvemos al principio; por más que tu concepto de política sea amplio, la ecología no está en los debates de los candidatos.

– No está y fue muy interesante la iniciativa de cupo socioambiental que acompañé (junto con cientos de firmas) para pedir que la organización del debate previo a las Paso contemplara preguntas sobre el tema ambiental. Fue en paralelo a la salida del libro y en muchas de las entrevistas me decían: «A mi me interesa incorporar el tema pero no tengo las herramientas». Entonces propuse un montón de preguntas: sobre los alimentos y cómo pensar la soberanía alimentaria, la transición energética, la recomposición ambiental, porque tenemos sitios dañados como el Riachuelo donde viven millones de personas y eso impacta en la salud. La cuestión ambiental impacta directamente sobre la salud; sabemos que la pandemia tiene todo que ver con la cuestión ambiental porque estos virus se acercaron cuando se rompieron las barreras naturales que son los ecosistemas y que impiden su avance. Entonces, sí que hay temas pero no permean la agenda política, sobre todo cuando hay coyunturas eleccionarias.

 

– También hacés una apelación a la prensa. Los temas ambientales bien podrían estar incluidos en las noticias económicas.

– Hay una aceleración de cómo funciona el capitalismo a nivel global y la inserción desigual de nuestras economías en el capitalismo. De los años ’90 para adelante hemos vivido ciclos de crisis económicas y logramos cierta estabilidad pero a base de una balanza de pagos que siempre se centra en la exportación de productos primarios, los denominados commodities que en nuestro país tienen un costo ambiental altísimo porque esas remesas de exportación, que vienen sobre todo de la soja, son a costa de la destrucción de ambientes naturales.

Pero también cambió mucho la legislación minera, se traspasó el dominio de recursos a las provincias, empezó una competencia desleal en términos ambientales de bajar pisos de protección para que la minería llegue a los territorios. Entonces, cuando vas a las páginas de economía de los diarios, no entra ese tema. O puede hacerlo bajo un modelo que llamamos economía verde o modernización ecológica que son de responsabilidad social empresaria. Pero la discusión de fondo sobre el modelo productivo, qué extraemos y a quién se lo vendemos sigue vedada.

 

– ¿En algún país está habilitada esa discusión?

– Por la inserción diferencial que tienen los países del norte global en el capitalismo tienen más protección ambiental Pero porque pueden exportar a los países del sur global las actividades contaminantes, incluso tener pisos de legislación que no son comparables. La riqueza del capitalismo fue a partir de la extracción de mercaderías baratas y fuerza de mano de obra barata en África y América Latina. No es solo el capitalismo; también es el colonialismo.

La ecología política es una corriente de estudio transversal que cruza temas de historia, política, economía ecológica, y tiene en América Latina una corriente de pensadores muy interesantes, como Arturo Escobar, Enrique Leff, Hector Alimonda, Germán Palacio, Guillermo Castro Herrero, Maristella Svampa, Enrique Acosta, Astrid Ulloa (y siguen los nombres). Tenemos una red en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales que se llama Grupo de trabajo de Ecología Política. Pero ellos hablan de la persistente colonialidad de la naturaleza latinoamericana que es este patrón de extracción de fuerza de trabajo y de recursos naturales que permanece bajo modalidades muy diversas hasta nuestros días; es lo que llamamos extractivismo, que es un sistema de acumulación que se destaca por la explotación de grandes volúmenes de recursos naturales a un ritmo acelerado incompatible con los tiempos de reposición de los ecosistemas.

 

– ¿Creés que pueda haber un cambio de esta situación a partir del protagonismo que están asumiendo los jóvenes en la temática ambiental?

– Creo que hay un cambio muy importante en la forma en que las y los jóvenes ven el problema. Es una socialización muy temprana que estuvieron haciendo niños y niñas, y en ese sentido es muy conmovedor. Hay una pelea frontal contra el negacionismo. Greta Thunberg (activista sueca) empezó haciendo una huelga en la escuela para pedir por una acción directa y para ser escuchada. Eso es confrontar en forma directa con los responsables de un tema global que es el emergente de todo esto y es el cambio climático.

Ya sabemos que no hay más tiempo de descuento, que hay que tomar medidas muy audaces para mitigar el calentamiento global y ellos luchan contra este desentendimiento institucional.

Lo que han logrado es una articulación interesante porque la salida tiene este costado global que son las Cumbres del Clima (la COP 26 comienza la semana próxima en Glasgow, Escocia) donde se juega el juego del gran bonete: los países desarrollados dicen que se van a comprometer a reducir emisiones, pero luego eso no se traduce en resultados efectivos. Años atrás Estados Unidos se bajó del barco, hay economías emergentes como China que emiten muchísimo y no van a dejar de hacerlo. Las jóvenes y los jóvenes protestan y hacen huelgas porque ven que hay un desentendimiento institucional y un débil compromiso con la descarbonización. En ese sentido se parecen mucho los movimientos socioambientales que cuestionan la minería a cielo abierto o el fracking o las protestar urbanas que defienden los espacios públicos que son acaparados por el mercado inmobiliario. Basta de vivir en un estado de anestesia que multiplica las condiciones de riesgo futuras. Para salir del negacionismo, nos dicen, hay que replantear las relaciones de producción y consumo.

La situación cambió mucho en los últimos 5 años, incluso durante la pandemia: el año pasado hubo campañas muy fuertes con el tema de las mega granjas porcinas, con la introducción de la semilla trangénica de trigo, audiencias públicas por plataformas petroleras en el Atlántico. Hay mucha movilización: no digo que sean mayoritarias o masivas pero son laboratorios para pensar alternativas. Por eso mi libro lleva como subtítulo: «Las luchas por el derecho al ambiente en busca de alternativas de mundos». Porque no podemos seguir esperando que lleguen alternativas; las tenemos que ir a buscar ahí donde están. Y en estas experiencias se ensayan nuevas ideas y se elaboran formas nuevas de repoblar nuestra imaginación política…

 

– El último informe del Panel sobre Cambio Climático incluyó advertencias para todo el mundo, también para la Argentina. ¿Qué tiene que ocurrir para que comprendamos que las acciones sobre el ambiente nos están afectando?

– Es una pregunta que me hacen mucho y es de difícil respuesta. Es tema de la Sociología para entender las relaciones de poder y la forma en que las sociedades están desigualmente estructuradas. Y a veces con el tema ambiental hay un discurso un poco ingenuo, intencionado, acerca de que estamos todos en un mismo bote… Y en realidad no existe un sujeto único; desde hace décadas estamos afectados de manera distinta por el cambio climático y lo que suceda en el futuro también nos va a afectar de manera diferencial. La construcción social del riesgo tiene que ver con el nivel de inversión de los países: hace varias décadas que las ciencias sociales estudian los desastres en América Latina y en el mundo, y hay una relación inversamente proporcional: en países más desarrollados con mejores niveles de inversión, el impacto de los desastres sobre la población es muy bajo. Y al revés, un impacto con magnitud menor en un país con menores recursos es un caos; por ejemplo, Haití.

Entonces, cuando me preguntás qué tiene que pasar para tomar conciencia… No hay conciencia de un actor único social. Va a afectar distinto a los grupos sociales, ya sabemos que las elites se pueden desentender del problema y generar sus propias condiciones individuales y por eso están poco preocupadas. Y por otro lado, hay sociedades muy polarizadas, desiguales, con gente que se quedó fuera del sistema: ¿cómo le podés pedir que se preocupe por un riesgo futuro a 20 años cuando no sabe cómo va a vivir hoy?

Una salida es disminuir los niveles de desigualdad. Insisto en todo el libro en esa idea del puente entre lo social y lo ambiental. En el siglo XXI la gran discusión sobre lo social tiene que incorporar el debate por el derecho ambiental. Solo cuando eso ocurra va a haber más conciencia para luchar.

Estaría pasando con los jóvenes, estaría pasando menos con los trabajadores y los sindicatos, y muy poco con los partidos políticos. Pero es cuestión de tiempo porque esto nos va a seguir afectando.

Por otro lado, existe la disonancia cognitiva: si no podés conectar directamente con tu vida cotidiana el tema de los glaciares o el aumento del nivel del mar te preguntás ¿qué puedo hacer yo? Pero en realidad está totalmente conectado porque ya se sabe que el aumento en el nivel del mar va a influir, por ejemplo, sobre el Río de la Plata. Con lo cual es un gran negocio para pocos construir torres en altura en los bordes de los ríos.

Fijate qué centrales son estas cuestiones en términos políticos y qué invisibilizadas están.

 

– Esa iba a ser la próxima pregunta. Si los temas de ecología no están en las plataformas políticas ni en las noticias, ¿dónde están?

– En el libro cuento un montón de experiencias, no solo de Argentina sino también de América Latina. La de Tepoztlan, en México; Cajamarca, en Perú; las madres del barrio Ituzaingó Anexo en Córdoba y su lucha de 20 años contra las fumigaciones. Y está la experiencia de Paren de Fumigarnos que es gente muy valerosa de Santa Fe y que el día siguiente a la presentación del libro se reunieron frente a la Legislatura provincial para exigir por cuarta vez la sanción de una ley que prohiba la fumigación en la provincia.

Esas son las voces que nos están hablando de lo que significa vivir y morir en una tierra herida (parafreaseando a la bióloga, filósofa y escritora Donna Haraway). Y evidentemente vivimos en un planeta herido.

 

«Ya sabemos que no hay más tiempo de descuento, que hay que tomar medidas muy audaces para mitigar el calentamiento global y ellos (los jóvenes) luchan contra este desentendimiento institucional». Gabriela Merlinsky

 

Cupo socioambiental

En agosto, casi en el mismo momento en que se conocían las conclusiones del Panel Intergubernamental de Cambio climático (IPCC) con resultados preocupantes para todo el mundo, y un mes antes de que se celebraran las PASO para cargos legislativos, se conoció un documento firmado por más de 500 personas que pedía a candidatos y medios de comunicación del país un cupo socioambiental del 25% mínimo en la discusión y en los debates políticos, «y que al menos una de cada 4 cuatro preguntas que se realice a candidatas y candidatos en campaña sea sobre temas socioambientales urgentes, para que esta problemática forme parte de las propuestas políticas».

 

Gabriela Merlinsky, autora de «Toda ecología es política» es una de las firmantes de aquella propuesta, junto con investigadores, docentes, ambientalistas, periodistas y activistas del país.

 

 

Nota completa:

https://www.ellitoral.com/index.php/id_um/325085-gabriela-merlinsky-toda-ecologia-es-politica-entrevista-con-el-litoral-area-metropolitana-entrevista-con-el-litoral.html

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